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15.12.09

Toma de contacto

TOMA DE CONTACTO. Por Oscar García.
Estaba en lo alto, porque este territorio, una tierra llamada Sobrarbe, esta en lo alto; y pensaba sentado en las maravillas que nos aguardaban. Compartir, disfrutar, festejar y también, y porque no, para descansar. Llegaba por La Fueva, la primera vez, y lo que recibimos fue un abrazo, como si siempre nos esperaran de siempre. Su hospitalidad abrumaba a mi pobre cerebro de urbanita. Nos costo acostumbrarnos a tanta bondad, no dábamos crédito a lo que estábamos experimentando. Un nexo que facilito este encuentro, era mi experiencia frente al hogar, en cuyo ejercicio había sido entrenado en mi pueblo con tertulias extensas y gratificantes. Seguimos compartiendo este escenarios con los protagonistas de esta tierra, repartidos por la infinidad del buen espacio; un hogar, una conversación que invitan al intercambio y a estrechar lazos, que aunque no revisados en el tiempo siempre permanecerán; y es que Sobrarbe siempre permanecerá; en nuestras conversaciones, esfuerzos, vidas y corazones. Siempre eso si, con un deseo: que el humo permanezca en esas chamineras, que el olor a vida inunde todos los lugares y que podamos compartir lo que queramos compartir.
Era de esperar que durante este tiempo haya habido espacios para la frustración, la pena e incluso la desesperanza; pero fijaros bien, con sólo levantar la cabeza y divisar el norte, te das cuenta que en este territorio no caben esos sentimientos y que hay que empujar el futuro; como si subieras a la Peña, o girando la cabeza hacia la izquierda te dieran ánimos para subir con las Tres Hermanas.

12.12.09

Amargo adios

AMARGO ADIOS (Un pueblo de Sobrarbe, año 1977.) Por Antonio Vila

El destino había decidido que Jesús debiera nacer en aquella tierra dura y desagradecida ochenta años atrás. Tierra de pueblos desolados y casas en ruinas: “Sobrarbe”. Hoy aquella palabra no significaba casi nada. Tan apenas se utilizaba. Sin embargo, aquel nombre y aquella tierra encerraban siglos de historia.
Tiempos en que sus habitantes habían luchado por su territorio y por su libertad escribiendo páginas imprescindibles para poder comprender el nacimiento del poderoso reino de Aragón.
Conoció, a lo largo de su vida, todo tipo de miserias y privaciones. Se sentía orgulloso de haber vivido todo aquello, o mejor dicho, de haberlo sobrevivido. Y, sobretodo, de haber podido dar a sus hijos una vida mejor que la suya, lejos de allí. Ahora se encontraba solo, viudo, y lejos de su familia. Viendo cada día el mismo paisaje, las mismas calles empinadas cada vez más desiertas. Apenas quedaban ya jóvenes y niños. ¿Quién iba a querer vivir allí? Pero Jesús tenía motivos para sentirse feliz. El domingo vendrían sus hijos y le llevarían con ellos. En Barcelona no le faltaría de nada. Buen clima, calefacción en el piso y todas las comodidades de las que aquí carecía. Le habían preguntado si echaría de menos el pueblo. ¿El qué?, si en su pueblo ya no quedaba nada que echar de menos.
Llegó el día señalado y Jesús hizo las maletas sin vacilar. Se despidió de vecinos y amigos sin perder la sonrisa, compadeciéndolos por no poder seguir su suerte. Pero al girar la llave en la cerradura del viejo portón, todos los sentimientos que había conseguido mantener a raya hasta entonces, comenzaron a aflorar. Se metió en el coche con expresión triste y miró hacia atrás cuando abandonaron el pueblo. En
silencio lanzó el último adiós y se sintió como el amante que no valora a su pareja hasta el momento en que se da cuenta de que la ha perdido para siempre. Viajó en silencio, aquel nudo en la garganta le impedía articular palabra. Sus ojos se humedecían continuamente y montones de recuerdos le atormentaban. Se podrían contar con los dedos de una mano las veces que había llorado en su vida adulta, pero ahora no lo podía evitar al comprender que amaba a aquel maldito país mucho más de lo que había imaginado. No conseguía comprender como unos pueblos que durante siglos habían resistido a toda clase de calamidades, podían desaparecer. Cuando abandonaban las últimas tierras de Sobrarbe y ante la insistencia de su hijo y nuera preguntándole si se encontraba bien; con la voz quebrada, acertó a pronunciar una frase que quedó flotando en el aire. Sonó solemne, como si se tratara de una premonición:
- Hoy nos vamos… Pero algún día la gente volverá.